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La calle del fondo

Era la calle dondo vivia la gente pobre, con la pintura de las fachadas desecha, escamoteada por el tiempo y los ladrillos comidos por la humedad y los yuyos. En esa calle, que no tenia mas de tres cuadras de largo, siempre se escuchaba una musica embriagadora que venia desde el patio, al final del pasillo por la puerta numéro 45, que estaba constantemente abierta. Las mujeres se juntaban y parloteaban en cualquiera de los pasillos, vestidas con remeras de colores vivos y mangas cortas, algunas con polleras con flores azules o verdes, otras con shorts; pero siempre de tela liviana. Invierno y verano, en la calle del fondo siempre hacia calor. Cuando no charlaban en la calle o en algun pasillo, las mujeres hablaban inclinadas sonrientes sobre las rejas negras de los balcones. Podian discutir del tiempo que hacia, de la lluvia que se esperaba ansiosamente (o no) o contarse unas a otras los ultimos rumores del barrio: algun hombre (o aun peor, alguna mujer) casado/a que alguien habia sorprendido saliendo al alba de una casa que no era la suya; un gesto ndebido atrapado por un par de ojos indiscretos en algunos de los patios de la calle del fondo. Toda la vida de los habitantes dde la calle del fondo entraba y salia por las ventanas como una corriente refrescante de viento que uno espera sobre la piel en pleno verano. En la calle del fondo habia sin embargo un lugar en el que a las mujeres les gustaba mas que en cualquier otro encontrarse; una esquina aun mas codiciada y deseada que cualquier otra. Instalado baja una gran marquesina azul, con letras amarillas y fotos de modelos, Ramiro era el dueño de la peluqueria « La esquina del estilista ». 45 años, abundante pelo negro peinado para atras, siempre vestido con una camisa amplia de color verde o blanca, que él usaba con varios botones abiertos. Ramiro llevaba una cadena dorada alrededor del cuello. Ubicado despues de 15 años en el mismo lugar, el peluquero concocia la textura y el color de pelo de cada una de las mujeres de la calle del fondo, que procuraba tratar como piedras preciosas. Como todo peluquero, tenia sus clientes preferidas, que eran como por casualidad las que venian al salon mas seguido. Entre ellas, antes que nada, estaba Mirta, una rubia alta que vivia en el tercer piso de la puerta verde con el numéro 56 de la calle del fondo. Mirta habia sido una muy bella mujer siendo joven, pero a los casi sesenta y cinco años, sus ojos habian perdido brillo, sus caderas se habian ensanchado y sus cabellos eran ahora mucho mas finos y dificiles de peinar. Mirta venia a verlo a la peluqueria cada quinze dias, alternaba corte, peinado y color y le alegraba el dia contandole las historias de su marido conductor de tren o poniendose a cantar la ultima cancion de Gaby Moreno o de Shakira. Mirta venia a verlo siempre acompañada de su chichuahua marron, que despues de ladrar durante quinze o veinte minutos esperaba a su dueña durmiendo enroscado en un sillon de la peluqueria. ... Verano. El calor aun mas pesado. Eran las dos de la tarde. Pasandose un peine antes de ir a la vereda a fumar un cigarrillo e intentar de sentir una brisa fresca, Ramiro penso que hoy le tocaba a Mirta, que ella endria a verlo. Seguro que le iba a pedir que le retoque el flequillo y trataria de parecer apurada para no sufrir mucho el calor del secador de pelo en forma de casco de astronauta. ... Cuatro o cinco horas mas tarde, mientras terminaba de alisarle el pelo a Rita, otra de sus cientas – una morocha joven con muchas formas – se dio cuenta que Mirta no habia venido a verlo y se preocupo. Algo habia pasado. Penso en cerrar la peluqueria e ir a tocarle la puerta, y se dio cuenta que ni siquiera tenia el numéro de telefono de su clienta a pesar de conocerla desde hace mucho años. Mientras Rita terminaba de arreglarse (o mejor dicho, de bajarse) la pollera frente al espejo, acercandose para ver su reflejo y acomodar una mecha u otra, Ramiro escucho los ladridos tan conocidos y penso que Mirta solo se habia atrasado. Al acercarse a la puerta se dio cuenta que el chihuahua venia ladrando solo, arrastrando una correa vieja, de soga negra y roja. Ramiro abrio la puerta de vidrio de la peluqueria, justo abajo de la marquesina azul y el chihuahua entro corriendo y ladrando, subiendose mecanicamente al sillon de siempre. Algo habia pasado con Mirta.

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